«Me dijeron que tenía alzhéimer, las neuronas aplastadas y que iría a más»

CARMEN NEVOT - Logroño

Ildefonso Fernández, a sus 58 años, sufre alzhéimer. No tiene reparos en contarlo públicamente, en hacer partícipe a todo el mundo de una historia, la suya, que narra con todo lujo de detalle. Haciendo acopio de la infinidad de recuerdos que sabe que un día se esfumarán de su memoria, en pago del más caro de los tributos de quienes sufren la enfermedad del olvido.

Ildefonso, que habla con voz ronca, está tranquilo, sobre todo desde que ha asumido las cartas que le ha tocado jugar. En su vida hay claramente un antes y un después. Comenzó a cambiar hace dos años. «Notaba que algo pasaba, en el trabajo, de ser de los primeros de la clase, me estaba convirtiendo en el más tonto», cuenta. Al frente de un equipo de 50 personas en un conocido hipermercado de Logroño, manejaba un presupuesto en compras de más de 24 millones de euros. Negociaba con proveedores, hacía todo el papeleo y todavía le sobraba tiempo para «estar por la tienda, que era mi locura, reponiendo y ayudando a la gente». Pero ocurrió. «Los papeles -apunta- empezaron a ocuparme mucho más tiempo del que me ocupaban y los informes y las cuentas de explotación se convirtieron en un mundo». Pero como no quería que la empresa se diera cuenta «en vez de trabajar 8 horas al día trabajaba 12, en vez de ir a las 8 de la mañana iba a las 6 y en vez de irme a las 7 de la tarde me iba a las 10 de la noche y así nadie se daría cuenta de nada».

Empezó a notar que se perdía, «que hacía cosas raras». Por ejemplo, cuenta que «en vez de ir a trabajar, sin saber porqué, me montaba en el coche y aparecía en el pueblo y cuando llegaba me preguntaba qué hago aquí». Los episodios eran cada vez más frecuentes «hasta que un día ocurrió uno que me asustó mucho». Eran las cinco de la mañana, tenía que ir ese día temprano a trabajar, cogió su coche y tomó la carretera de Laguardia. «Cuando me encontraba en el polígono de Casablanca, me dije: ¿Dónde voy? Me puse nervioso y decidí dar la vuelta con el coche en medio de la carretera, sin mirar y me fui a trabajar. Al rato pensé la que podía haber liado, podía haber venido un camión y...».

LA FRASE: Ildefonso Fernández Enfermo de alzhéimer «En vez de ir a trabajar, sin saber porqué, me montaba en el coche y aparecía en el pueblo y cuando llegaba me preguntaba qué hacía allí»

Aquel fue el detonante y el empujón que necesitaba para ir al médico. Le dieron la baja porque pensaban que Ildefonso sufría depresión. Él no lo tenía tan claro. No sabía qué tenía que ver la depresión con el hecho de que con los números se equivocara en todo cuando antes le daba igual ocho que mil y no necesitaba calculadora. Un rosario de pruebas después, a finales del año pasado dieron con la clave. «Me detectaron alzhéimer, me dijeron que tenía todas las neuronas aplastadas y que poco a poco iba a ir a más». En ese momento «se te cae la vida encima», comenta. «Me preguntaba qué iba a ser de mí y pensaba en mis hijos, que afortunadamente ya son mayores».

El susto y el 'bajón' inicial le duraron poco a Ildefonso y aprovechó una experiencia anterior para sacar cada vez más fuerza. «Creo que he tenido una desventaja, ya ves mi voz, pero al final creo que también ha sido una ventaja -cuenta-. Hace cinco años tuve cáncer de garganta y lo superé luchando y peleando y me di cuenta de que en esta vida hay que luchar y luchar». La misma lección que ha decidido aplicar en este nuevo trance.

La neuróloga que le diagnosticó le habló de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer (AFA) y ahí se presentó un día. «En casa estaba hundido y venir aquí -cuenta desde la sede de AFA- me dio la vida». Reconoce que al principio le dio un poco de miedo pero tardó poco en ver que todo eran ventajas. Asegura que ha llegado a la conclusión de que los medicamentos están ahí «y los tomo y seguro que me hacen bien, pero lo que de verdad me hace bien son los tres días a la semana cuando vengo aquí, cuando voy al fisio. Lo que me ha proporcionado esta asociación es lo que me ha dado la vida».

Explica que se encuentra mejor, está más tranquilo y le han enseñado a asumir que no tiene que saber comprar por 24 millones de euros como hacía en su trabajo, «lo que tengo que saber es ir a la compra, hacer mi vida y que nadie me engañe y que cuando pague con un euro por algo que cuesta 0,75 sepa que me tienen que devolver 25 céntimos».

No obstante, explica que se nota muy lento y como anécdota cuenta que «antes iba por la calle y no me adelantaba nadie, ahora el 70% de la población me adelanta. Veo a una señora por delante y pienso: ¡Coño, cómo camina! Intento caminar más rápido y digo: No puedo, déjalo».

Otra de las huellas que le ha dejado la enfermedad llega por la noche. Hacia las ocho o las nueve «veo que ya no, que desconecto, pero ahí sigo». Por ejemplo, «Hoy puedo estar hablando contigo -señala a esta cronista- y decir que la investigación hay que apoyarla, que hay que sacar algo que solucione esto, pero mientras tanto lo importante es tener un sitio donde te trate gente que sepa lo que necesitas». Su familia es el pilar más importante y con ella ha formado una inquebrantable piña que lucha unida y «siempre tira para adelante».

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